Están muy cerca, sus gemidos llenan la noche, desde las paredes, las ventanas, las grietas, cada orificio en los muros acribillados resuena con los ecos de su presencia.
Camino lentamente hacia el centro, no hago mucho ruido aunque en realidad no me importe, quisiera pensar que me escabullo y escapo, pero la verdad es que voy directo hacia ellos, camino voluntariamente hacia una horda de cadáveres reanimados, putrefactos, hambrientos.
Nada queda para mí en este mundo.
Nadie supo cómo comenzó, los rumores posteriores al gran pánico, esos de fogata escondida y miradas nerviosas a la oscuridad con los dedos en
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